YO TAMBIÉN SOY UNA TULLIDA
Entrada publicada originalmente el 12 de julio de 2025
Fui a verla sin apenas saber nada. Intrigada por las entrevistas que escuchaba por ahí. Atraída por la visión espiritual que emite cada una de ellas, más allá de asuntos técnicos, comerciales y de palmarés. La promo de esta historia está envuelta en una dimensión elevada. Aunque su director dice que no lo es, entre tú y yo - que también estamos en primero de espiritualidad - sabemos que sí. Es un ser espiritual. Y la peli lo emana en cada milímetro de metraje.
Lo llevo mamando desde siempre, pero no tengo ni puta idea de cine. Y jamás me atrevería a hacer una crítica. Cuando me preguntan de qué va una película - o un libro, o una obra - me da vergüenza responder. Y más cuando me preguntan por qué me ha gustado. Tengo mis argumentos, mis ideas y mis motivos, pero no me gusta contarlos. Pienso que nadie me va a entender.
Esta vez es distinto. No es una peli para que los expertos en cine con aires de soberbia la destripen como a un filme de Tom Cruise. Es una experiencia para renacer. Y es muy generoso - y arriesgado - compartir esta visión en una sociedad que no está del todo preparada para entenderla. Aunque nos va a hacer falta a todos. Si queremos soportar el dolor que nos espera en un fin del mundo que, efectivamente, ya está ocurriendo, nos hace falta a todos elevar YA nuestra visión en una sociedad que nos prefiere idiotas. Esta película nos empuja y zarandea para despertar. Y su director así lo comparte sin dárselas de gurú.
Estaba desayunando. Habían pasado unos cuantos días. Y, entre sorbos de café, tuve una visión.
Una imagen.
Esa imagen:
Un hombre, al que le falta una pierna, baila en medio del desierto.
Y cómo baila. CÓMO baila. No hablo de técnica. Hablo de vida, de vibración, de éxtasis. Vida que se contagia. Que entra muy adentro y que una vez dentro estalla y devuelve a la vida y se queda ahí, latente como un orgasmo largo y sostenido en el tiempo.
El personaje de Tonin fue el primero que me sedujo. Me inspira protección. Me encantaría tenerle al lado. Me sentiría protegida. Tardé un montón en darme cuenta de que le falta una pierna. No parece que le falte nada. Me siento identificada. Yo también soy una tullida. Tengo muchas cicatrices. Me faltan partes del cuerpo. He vivido cerca del dolor, de la muerte y del miedo. Y volver de los infiernos y seguir bailando me hizo entender más allá.
Como él, que baila.
Y le falta una pierna.
Cuánta gente hay en el mundo con dos piernas, dos brazos, dos manos, dos orejas, gente aparentemente entera y funcional, que no baila. Que dice al otro cómo tiene que bailar. Que le insulta. Que se ríe de su baile. Que roba. Que mata. Que invade. Que toca los cojones. Cuánta, dime. Cuánta.
Salí del cine embriagada. Efectivamente, las imágenes y el sonido, hilados con una sensualidad sublime, me penetraron por cada poro, por los ojos, por los oídos, por el alma, por todas partes. Un estado de embriaguez que me ayudó a mitigar y suavizar el shock y el dolor de ese vacío frío y afilado.
Después de un rato largo de haber llegado a mi casa, escribí algo parecido a esto en los stories de instagram:
Hace más de una hora que he salido del cine.
Aún no he regresado a tierra.
El corazón tampoco ha vuelto a su sitio.
¿Cuánto tarda en bajarse esto??
Pasé días así. Podía estar haciendo cualquier cosa, que las imágenes me venían solas. La montaña. Las ruedas. El pie de Tonin. Los bafles. La arena. La mano de Jade acariciando a Pipa.
Como las flores que brotan en las grietas del cemento, al quinto día floreció en mí esa imagen.
Cada vez más cerca.
Más cerca.
Más cerca.
Un hombre, al que le falta una pierna, baila en medio del desierto. En mitad de la nada. Del dolor. De la vida. Nos acaban de disparar a bocajarro en la frente. Pero él baila. Y cómo baila. CÓMO baila.
Todo cobra sentido.
Se me va bajando la embriaguez y la frialdad del vacío.
Todo tiene sentido.
Él lo ha entendido.
Muchos espectadores también lo hemos entendido.
Me gusta pensar que yo sí.
Hay vida en la vida y hay vida en todas partes. Todo cambia dentro y fuera. Pero, aunque el mundo se derrumbe a nuestro alrededor, seguimos el viaje. Y nunca podremos regresar al mismo sitio, porque el mismo sitio ya no existe. Y todo está bien.
Bailemos.
Como Tonin. Porque él lo ha entendido todo.
Tú también puedes entenderlo. Si no lo entiendes, baila.
Por todo eso y más, es necesario ir al cine a ver Siràt.



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