A TOMAR POR CULO

Pasar por dos quimios, con dos formas diferentes de vivirlo dentro de la misma persona, da como resultado dos historias diferentes que, a su vez, dan como resultado a dos personas diferentes. Como una especie de Jekyll y Hyde que se presentan por sorpresa. Como ese primo que vive a más de 300 kilómetros, del que has oído hablar dos veces en toda tu vida, y que, echando cuentas, ya dabas por muerto y se presenta en tu casa porque está de paso en la ciudad. Te sientas a tomar un café con él, pero no tienes ni puñetera idea de qué hablar. 

Qué incómodo, ¿verdad? Con lo bien que estarías a tus cosas de siempre, haciendo scroll y chateando con esos amigos virtuales de los que ni siquiera conoces el nombre real. Mucho más auténtico y confortable, dónde va a parar.

Pues ese Jekyll, ese Hyde y el primo de la visita, son como mis yoes después de la quimio. Unos seres que han brotado de mi misma sangre pero que son unos perfectos desconocidos.

Las Susanas que resultaron de ambos procesos son como unas yo que no habían salido nunca a la pista de baile. Que estaban escondidas en el cuarto de las escobas, aburridas de que nadie las hiciera ni puto caso.

Así que, en este cuerpo de metro y medio, ahora vivimos un montón de gente.


Las nuevas Susanas son más confortables, todo hay que decirlo. Más la segunda que la primera. Ambas tienen sentimientos que me hacen mirar a la Susana del pasado con un poco de vergüenza. Porque, a su lado, parece bastante estúpida. Y eso es porque, en realidad, siempre lo he sido, a estas alturas no voy a negar la evidencia. ¿Quién no es estúpido por naturaleza? ¿Tú? Ja! Permite que me descojone.

Creo que la expresión “sentimientos encontrados” encontraría - valga la redundancia - su definición gráfica en mis Susanas que, sentadas en la mesa de la cocina, como si hubieran recibido a ese primo lejano, intentan conversar y tomar un café juntas.

Las miro disimuladamente, para que no se sientan más incómodas de lo que ya están con la Susana primigenia intentando ser una buena anfitriona. El cáncer y la quimio me han puesto kilos de  más, pero me han quitado un montón de cosas de encima. Años, por ejemplo. Juraría que parezco más joven. Mi última yo es como si hubiera hecho un pacto con el diablo y fuera la más pequeña de las tres.

Esta juventud inesperada debe ser el resultado de haber perdido el interés por cosas que en realidad no me interesan. Y la mayoría de mi tontería. La tontería, sí, la tontería. Esa soberbia inexorable y humana que me hace tropezar infinitas veces con la misma piedra, aunque la piedra esté consumida de tanto chocarla.

Nos creemos inmortales hasta que viene la parca a tocarnos el hombro y entonces, pasamos a creer que somos de esos seres despiertos que dicen haber encontrado la solución a los problemas del mundo. Y es sólo que nos estamos cagando de miedo y nos agarramos a un clavo ardiendo y al argumento que más esperanzas nos dé. Porque no queremos morir. No, no queremos morir. No queremos morir ahora, al menos.

Lo peor de este miedo es que, desgraciadamente, al final siempre se pasa. Y se nos olvida. Y volvemos a ser idiotas. Idiotas profundos. Idiotas perdidos que no aceptan que el final está más o menos cerca.

Miro a las tres Susanas queriendo hacerse amigas y me doy cuenta de que la vida no me pertenece. A la vida le doy igual, lo mismo que tú, que tú y que tú. No puedo tacharla de injusta porque a la vida se la traigo al pairo. A ver si te enteras. Otra cosa es la importancia que yo le dé a ella y como esté dispuesta a vivirla. El tiempo que dure. Porque la vida y su extensión no me pertenecen.

Y es verdad que lo único que me pertenece es éste o éste o este aquí y ahora.

Y lo mismo a ti, a ti y a ti. Pero somos idiotas.

Comemos, bebemos, consumimos, siempre más, más, más y más… el ahora nos parece tan minúsculo, tan poca cosa, que no nos llena, nos deja con hambre, con ansia, y siempre queremos pensar que hay más, más tiempo, más vida, más oportunidad para consumirla. 

Más de todo. 

Y da igual si nos hacemos viejos, pretendemos que seguimos siendo jóvenes. Y hacemos el ridículo de una manera exorbitada. Porque no nos ha llegado con tanta juventud. Nos ha sabido a poco. Otra vez. Y por eso hay que alargarlo todo, las charlas, las noches, los compromisos, las promesas ... todo largo, todo extenso. Todo para después. Como si fuera eterno el ahora. No. No nos conformamos, queremos más y más y más. Porque siempre pensamos que vamos a tenerlo.

Hasta que se acaba.

Y el final da miedo. Hostias si da miedo. Da un miedo que te cagas.

Y es precisamente ese miedo el que, de un culazo, aparta la tontería. Y ahí estoy ahora. Con mis Susanas antiguas, enseñándonos fotos de instagram las unas a las otras, mientras mi tontería y mi miedo van por ahí a darse de hostias.

De repente, veo como si me hubieran desempañado los ojos con Cristasol. Veo lo que es real, auténtica e incontestablemente necesario para mi vida. Y aquello que no es incuestionable, indiscutible y evidentemente bueno para mí, no tiene cabida, orden ni razón.

Y, en ese preciso instante, mi última Susana, la más joven, se levanta de la silla, estira los brazos y exclama: "A tomar por culo". Y, volviéndose a sentar, da otro sorbo a su café.


No sé si vendrá otra nueva Susana, pero por si acaso, voy a aprovecharme de ésta. Menos estúpida que las anteriores.

Más lenta.

Más desprendida.

Y menos vieja.





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