ESCRIBIR UN HIJO. PLANTAR UN LIBRO. TENER UN ÁRBOL.
Eutimia: estado de ánimo caracterizado por el bienestar, sin tristeza, ansiedad o euforia.
O ese estado zen que no sabías que necesitabas hasta que la vida
te pega un tirón de alfombra que te deja mirando las estrellas.
Mi hijo tiene 15 años y es lo mejor que he hecho en mi vida. Si volviera atrás un millón de veces, un millón de veces elegiría ser su madre. Ser madre es una movida, porque los niños no tienen botón del pause ni reset, ni IA ni Alexa que los entienda. Pero ser SU madre es un absoluto privilegio.
Ser madre, lo que yo quería: ✅
Lo que no hubiera querido nunca - pero nunca, fíjate - es tener un cáncer. Y mucho menos, dos. Y los tuve. Pero aquí sigo, viva. 🥳 Y estoy sana. A nivel metabólico y médico he pasado de pantalla.
A nivel emocional y psicológico estoy bastante bien, a pesar de que la prueba ha sido dura de cojones.
Esto que voy a decir a continuación seguro que me lo has oído/leído u oirás/leerás más de una vez y más de dos: el cáncer no se reduce a que te curas o te mueres.
Si te mueres, es difícil que pase algo más.
Pero cuando te curas, la gymkana oncológica y emocional puede extenderse a desafíos nivel dios.
Y para superar estos desafíos conviene desarrollar una fortaleza interna fuerte-fuerte como Mr. T. Si se trae de serie, genial. Si uno es flojillo por naturaleza, estaría bien tirar de terapia, porque un tratamiento de quimio o tener que pincharte en la tripa para que te suban las defensas y sentir días después cómo te laten, literalmente, las entrañas, puede costar un poco. En el mejor de los casos, uno puede quedarse más pa’llá que pa’cá, como servidora - aunque antes ya me patinaba un poco el tanque -. En el mejor de los casos, digo.
En el peor de los escenarios, uno puede verse empujado a hacer barbaridades como interrumpir los tratamientos o mandar a los médicos a tomar por culo.
Cuando la psiquiatra del hospital que me hacía el seguimiento psico-oncológico me dijo que estaba eutímica y que siguiese así, tuve que celebrarlo. Me hizo la misma ilusión que cuando me dieron el premio al mejor artículo periodístico del concurso de coca cola al que me presenté hace como 30 años.
Y es cierto que yo, que siempre he sido muy dramakuin - con corona y trono - y la pasión me llevaba por terrenos emocionales inhóspitos, ahora estoy eutímica casi todo el tiempo. Que sí, que me alegro y me enfado y me pongo triste y de todo. Pero hay una línea de calma constante de la que me desvío bastante poco. Y eso me ahorra los arrebatos montaña rusa arriba y abajo que me dejaban hecha unos zorros y con los pelos de loca.
Una de las cosas que me ayudan a estar eutímica es esto. Escribir.
Durante el primer proceso oncológico, en el que, entre sustos, movidas y putadas, no sabía - como dice mi amigo David - si rascarme el reloj o darme cuerda al culo, escribía.
Escribía cuando aprendía cosas que me volaban la cabeza, para que no se me olvidasen. Y también cuando el dolor o la incertidumbre eran tan fuertes que los tornillos de las sienes saltaban al vacío al grito de “sálvese quien pueda”.
Acumulé tantos escritos que algunos hasta los he perdido y aparecerán el día menos pensado vete tú a saber dónde. O tal vez no.
Cuando me quedé calva empecé a compartir, a veces. Escribir me ayudaba a procesar lento y seguro. Y compartirlo me ayudaba a verlo desde fuera y salir por un ratito de la centrifugadora en la que tenía metido el cerebro.
El mismo David me dijo que recopilase todos esos escritos en un librito, que seguro que podían ser de utilidad a alguien. Lo mismo que me había dicho la mamakuin y me repetiría un montón de veces con esa paciencia infinita de madre o de quien no se acuerda que ya te lo ha dicho antes, o más bien, se acuerda, pero le da igual y te insiste hasta que lo hagas, que para eso es tu madre.
Y ¿cómo es posible que en estos 5 largos años no me viera yo capaz de hacerlo y haya tenido que pasar el segundo cáncer para que me atreviera?
Me alegra que me hagas esa pregunta.
Una palabra: ACOJONADA
Tal cual. Tierna como un polluelo que no acierta a salir de la cáscara. Sentía un miedo gordo a revisar aquellos escritos. Normal. Aún estaba colocando el trauma en su sitio y las costuras, aunque curadas, aún dolían.
Y en esto que llegó el segundo cáncer. Y, aunque seguí escribiendo, no compartí nada y tampoco anduve dejándome ver. Me escondí a leer esos escritos a los que, sin darme cuenta, dejé de tener miedo. Y aprendí un montón de cosas. De mí. Sí, de mí.
Para. Párate un momento a mirar esto, que menudo melón más majo acabamos de abrir:
Yo, como tú, o como tú, he crecido con unas inseguridades que me daban la vuelta tres veces. Que no es difícil darme la vuelta porque mido metro y medio, ya. Pero date cuenta, ese retintín de niña insegura que te agarra del cogote, como si llevaras el jersey con la percha puesta, siempre ñiñiñiñiñi, que todo lo haces mal, que nada es suficientemente bueno, que tú no vales, que a quién le va a gustar - o, la joya de la corona: a quién le VAS a gustar - y todas esas mierdas que llevas pegadas al talón como un trozo largo de papel higiénico al salir del wáter.
Ahora eso se ha puesto súper de moda y lo llaman el síndrome del impostor. Que muy bien que lo titulen y lo pongan de moda y los gurús modernos tiren de él hasta quemarlo, como hacen con todo.
Pero eso tú y yo ya lo conocíamos desde pequeñas. ¿O me vas a decir que no?
Y fue por eso que me hizo tanta ilusión cuando me dieron el premio al mejor artículo periodístico del concurso de coca cola al que me presenté hace como 30 años.
Pues imagínate, leerme y reconocer que estaba aprendiendo de lo que yo misma había escrito. Gustarme lo que leía. Sentir que crecía según iba leyendo. Y, lo más fuerte de todo, sentirme segura entre aquellos textos.
Y el mundo, querid@, siguió girando.
A la impostora le pueden ir dando mucho por el culo, porque me gusta lo que escribí. Y me ha servido para no quedarme más tarada todavía. Me reconozco en lo que he escrito y quiero compartirlo con el mundo, por si al mundo también le sirve.
Así que he publicado:
“Calva y con cara de huevo cocido”, un diario de superación, glamour y ganas de vivir
Un libro: ✅
He hecho una jartá de cosas en mi vida y pocas de ellas me habían movido tanto los cimientos como esto. Qué miedo, colega. Qué nervios.
Cogí mis escritos, los revisé y me puse a maquetarlos como una reina del TOC. Se los di a leer a mis tres lectoras cero favoritas - que me han leído el libro aún inédito y me han ayudado con su visión -. Y seguí enredándome a maquetar y mejorar y ponerlo más mono. Y más, y más.
Y cuando llegó el momento de subirlo, la plataforma me dijo que se la traían floja el TOC y la maquetación. Que ella lo hace a su manera. Y yo no sabía eso. Y me quedé atascada.
Dos días aguanté al borde del “quién me manda a mí meterme en esto”, “si es que yo sabía que iba a pasar algo”, "qué hago yo publicando un libro" - ¡mierda! la impostora acechando otra vez -. Pero pedí ayuda - ¡qué gran invento! - y mi compi de coaching Daniela, que tiene un don con esto de la tecnología, hizo pim pam y lo arregló.
Y desde el 21 de junio se puede adquirir AQUÍ.
Sólo sé que ahora mismo en mis manos hay un libro que quiero que se lea. Que llegue allí a donde sirva. Que sea accesible y lo más fácil posible para ti y para mí.
Ay, que no tienes esa plataforma. Pues nada.
Que le has declarado la guerra y no compras ahí. Pues vale.
Escríbeme a dramakuin@gmail.com y yo te lo mando. Más lento, pero te llega. Y, si quieres, firmado y dedicado.
Aprovecho para decirte que no hace falta que tengas cáncer para leerlo, de hecho el cáncer es lo que menos sale. Es la vida, básicamente, la protagonista. Y espero que te guste.
Disfrútalo y déjame una reseña, anda, que eso nos da alegría a todos.
Recuerda:
“Calva y con cara de huevo cocido”. Un diario de superación, glamour y ganas de vivir
Ya me contarás.
Mientras, voy mirando lo del árbol.



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