ME HE BORRADO EL FEED
¿Sabes esa sensación cuando escuchas tu voz grabada o te ves en un vídeo? Cómo nos cuesta reconocer/aceptar ese sonido o ver nuestra imagen fuera del espejo, tal y como la ven los demás.
A mí me costaba mucho, lo que pasa es que me acostumbré. A lo de la voz. No sabría decirte cómo. Sólo pensaba “ahá, así que esa es mi voz cuando se me escucha desde fuera… Vaya… pues vale”. Sin más.
A lo de ver mi imagen fuera del espejo - con su lado derecho en el derecho y el izquierdo en el izquierdo, tal y como me ve el resto del mundo - me ha costado bastante más.
Yo estaba muy hecha a mi reflejo, con mis detalles cambiados de lado, porque me he mirado al espejo mogollón desde que era pequeña. En mi casa de toda la vida, hay un espejo encima del sofá, que mide casi una pared de ancho. Y, siendo una cría, me subía de pie para verme y me miraba todo el rato. Le cogía a mi madre aquel maquillaje azul iridiscente en crema, tan de moda en los 70 y me pintaba como una puerta, pero con mucho esmero. Como si hubiera en mí una vocación de maquilladora que nunca hubo. La de diva sí, y era por eso.
En la habitación del fondo del pasillo, “el último cuarto”, había un espejo de cuerpo entero que se sacaba de entre las dos piezas del armario y se giraba sobre sí mismo para poder verte desde cualquier lado. Y en el hall, otro espejo de cuerpo entero con un marco barroco, churrigueresco y rococó todo en uno, de madera repujada, tallada y labrada que pesaba una tonelada y presidía una mesita de mármol que pesaba el doble y tenía las patas de la misma madera abigarrada que el espejo. Estos dos eran los que a la bailarina que vive dentro de mí le encantaban para ensayar y repetir y repetir y repetir los pasos que veía en las pelis de Hollywood, en Fama y en Flashdance.
Siempre fui una empollona y sacaba buenas notas. A los 15 años empecé a hacer teatro y me he pasado la pila de tiempo haciendo el típico ejercicio del espejo. Ese en el que si tu compañero se rasca los huevos con la mano derecha, tú haces con la izquierda, como si fueras su reflejo, ¿sí? si él salta a su izquierda, tú lo haces a tu derecha, y así todo el rato…
Pues a pesar de lo lista y de saberme de pé a pá esta teoría del espejo, nunca me paré a pensar que lo que yo veía era una mentira, un trampantojo, una ficción de mi imagen.
En las fotos de pequeña no me daba cuenta, pero cuando con unos 20 años empecé a hacer mis primeros books, al verme tan de cerca, había algo que me chirriaba, que no me cuadraba. Y que no me gustaba.
¿Cómo es posible que este lunar salga ahí, si siempre lo he tenido al otro lado de la nariz? Me sentía engañada. Y fea. Muy fea. Esa no soy yo. Esa no es mi nariz. Ni mi lunar. Mi lunar es otro.
No aceptaba mi imagen “real”, esa que veis los demás. La odiaba. Mucho. Igual que tú odias tu voz cuando la escuchas.
A base de mucha foto, mucho vídeo, mucha paciencia y mucho cariño, me fui acostumbrando. Al principio era un poco “ahá, así que esa es mi imagen cuando se me ve desde fuera… Vaya… pues vale”. Pero, con el tiempo, le cogí el gusto y me gusté.
Y en lo que andaba yo gustándome, llegaron las redes sociales. Y, no mucho al principio, pero sí cada vez más, fui plagando el espacio virtual de mis fotos, mis vídeos, mis recuerdos, mis pensamientos, mis aficiones, mis shows, los cumpleaños de mi hijo, los aniversarios de mis bodas, mis achaques, mis pataletas, mis anuncios, mis productos, mis glorias, mis penas, mis intenciones y mis actualizaciones. Mucho YO. Mucho de mí, como te pasa también a ti. Mucho yo todo el rato. Sobredosis de yo. Egoverdose. Empachos de identidad. Más de lo mismo y mucho de mi mismidad. Así, igualito igualito que te pasa a ti.
¿Y cómo he acabado? Pues harta.
Aburrida.
Es verdad que soy fácil de aburrirme. A mí me hablas de lo mismo dos veces y a la tercera mi cerebro se va a dar una vuelta y a tomarse unas aceitunas con una caña bien fresca.
Esas influencers que hacen todos los vídeos igual me han perdido como seguidora antes de tenerme. Me aburro. Me aburro y me canso. Mi mente necesita variedad, creatividad, aire fresco, sorpresa…
No eres tú, soy yo. Que me aburro.
Entonces, ¿cómo no aburrirme de mí? Imposible. ¿Y qué ha pasado? Pues lo inevitable: hasta el coño de mí misma. De verme y leerme y dale que te pego con el yo y yo y yo y con las mismas cosas. Le he cogido a mi imagen en las redes tanta tirria como tú a tu voz grabada o a verte en una foto o en un vídeo.
Además, estoy en pleno cambio de vida. Cambio gordo. Y el diógenes vital me hace sufrir. Me sobra prácticamente todo. Estoy en modo limpieza profunda constantemente. Vinted se ha convertido en mi plataforma favorita. Vendo y, si no, regalo, dono o tiro, lo que sea, pero todo p’afuera, que necesito sitio.
Le escucho decir a Sabina Urraca que escribir es como hablar sin que nadie nos interrumpa. Estoy de acuerdo. Y cómo nos gusta hablar, eh… somos los calladitos del grupo, pero ay! cuando nadie puede interrumpirnos. Ahí largamos hasta quedarnos a gusto, como hacemos en las rrss. Ojo, a gusto, o jartos. Porque el hablar es como el comer, que no paras cuando estás satisfecho y gocheas hasta el vómito. En las redes igual, somos bulímicos virtuales. Publicamos sin sentido, sin necesidad, sin tener nada que contar y sin cabeza. Y luego nos llevamos las manos a la misma porque nos salen haters. Yo haters, la verdad, sólo tuve un par de ellos en la época del fotolog y no veas tú qué cosa más tonta. Luego tuve un par de acosadoras "anónimas" cuando me quedé embarazada, pero es que sé quienes son y están como una puta cabra. Pensándolo bien, no necesito haters, que ya soy yo bastante crítica. Hacia mí misma, claro, luego tú cuelgas una mierda y ahí voy con el dedo alienado a darle al megusta.
Entre mi incontinencia virtual de todos estos años, mi juicio crítico, el cambio de vida, el anti diógenes, haberme empachado de mí misma y de mis publicaciones y, habiendo tomado la decisión de empezar de 0, hay huellas de mí que era necesario borrar.
Y me he borrado el feed.
Con dos cojones.
Más de 16 años de fotos, vídeos, publicaciones y reflexiones, que ahora mismo están en la papelera de instagram, esperando a ser eliminados definitivamente. Con el fb estoy sudando la gota gorda, porque hay tanto pa’borrar que se ofusca y hay que ir poco a poco. Pero progresa adecuadamente.
¿Que cómo me siento? Me alegra que me hagas esa pregunta. Es lo más interesante de todo. Mira, para empezar de nuevo no hay más remedio que soltar y dejar ir, como dicen los del desarrollo personal. Suelta y confía. Suelta y confía. El vértigo inicial empieza a borrarse con las primeras publicaciones que desaparecen. Y así, hasta que has terminado y te quedas como después de eructar. A gusto. Querer cambiar y seguir con lo mismo, es como querer estar en misa y repicando.
Cada foto borrada es un alivio. Cada post, cada vídeo, cada historia… paz total. Paz. Total.
Y hago esto reconciliada con mis yoes y con mi pasado. No es a mala hostia ni nada parecido. Todo lo contrario. Es puro amor. A lo que tenga que venir y a lo que me depare el presente. ¿Acaso revisitaba las publicaciones de hace tropecientos años? ¿Acaso las necesito para acordarme de lo importante? Pues no.
De lo importante me acuerdo perfectamente, como si lo estuviera viviendo ahora mismo, sin necesidad de ocupar gigas en el espacio virtual, que somos muchos.
He borrado mi feed y me siento liberada, limpia y ligera. De puta madre, vamos.
Si entras en mi feed ahora, sólo hay algo que puedo compartirte: welcome to my new life.
Pero así, leído:
güelcom tu mai niu laif


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