INTERIOR. DÍA. SALA DE ESPERA

Un día más, las paredes blancas de la sala de espera de oncología y yo, retándonos en nuestro habitual concurso de miradas fijas. Creo que voy ganando. Ay! Si estas paredes hablaran… dirían: “¿otra vez tú? chica, ¿no tienes nada mejor que hacer?” Viejas conocidas, cuando me voy a casa me dan recuerdos para mis gatos y hasta les llaman por sus nombres. 

Es verdad que aquí me atienden bien y me han ayudado a curarme. Pero no me gusta venir. No me gusta estar aquí. A decir verdad, lo detesto. Lo digo bajito para que las paredes no se ofendan, pero no quiero pasar aquí más tiempo. 6 años pisando con regularidad este escenario y nunca me han traído un cochino ramo de flores ni me han dado un camerino privado. He conocido tugurios en los que recibía un trato más VIP. No, no, no me malinterpretes, lo que yo quiero NO es un trato vip aquí. Ni vip, ni bup, ni pub, ni pin, ni pam, ni pum, ni catapún.

Quiero no tener que volver. Punto.

Ay, joder, que sí, que siii... ya estamos con que hay que darle a las cosas el tiempo que necesitan. Que ya lo sé, que no me hace falta que me lo repitas. Que me he sacado un master en calma y paciencia a golpe de putadas. Y te recuerdo que tengo un título de COACH.

Pero si pudiera… ay! si pudiera…


LO CAMBIARÍA por la orilla de la playa, 

una terraza frente al mar, 

un escritorio junto al ventanal. 

Un ático con sombrilla y cerveza congelada.

Un teatro, 

un patio de butacas ensordecido por los aplausos. 

Un camerino con sus bombillas. Y la mano de la maquilladora dejándome divina.

Un set de rodaje, con toda esa gente p'aquí p'allá pa’que todo salga bien. 

Un hablar ante un público entregado. 

Una sala cálida, luces tenues, calor de hogar. Mientras, fuera llueve. O nieva.

Un chocolate caliente, un zumo de naranja recién exprimido y un croissant a la plancha.

Lujo, lujo y espacio. Mucho art decó.

Una conversación con mi hijo paseando una mañana de domingo soleado. 

Un balcón de verano a mediodía.

Una buhardilla en Montmartre. 

Un paseo por la orilla del Duero luso.

Un abrazo. 

Su abrazo. Su piel. Su sonrisa. Su olor. 

Un viaje largo a Nueva York.

Las calles sonoras de Memphis. 

Los pancakes de Nueva Orleans.

El lobby con olor a coco del Flamingo. 

El Bally´s en tiempos del Jubilee.

Un viaje tranquilo en tren. 

Un vuelo en primera.

Un cine con las luces apagadas.

Una cama calentita. Un café. Y un libro. Y un gato a cada lado.


Será por escenarios. Con mi currículum podría tener hasta mi propio reality show. Y el inepto de mi representante haciéndome repetir la misma escena una y otra vez. Qué lástima de talento desperdiciado entre estas paredes y pitidos. ¿En qué coño está pensando? ¿No fue suficiente la bromita del batín con el culo al aire? Largo de aquí, estás despedido.

Oye, ¡eh tú! Sí, tú, tú que me estás leyendo, atiende: 

Diva en su momento álgido cambia paredes blancas con motivos grises, equipamiento de pantallas que anuncian el turno, olor a medicina, ruido de voces de fondo, pitidos, señoras hablando en voz alta y sonido sordo de las máquinas a pleno rendimiento full time con vistas a Cristo Rey, por cualquiera de los escenarios de la lista. Se incluye representante en paro.

Razón aquí. 




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